El ejercicio del Quinario del día de hoy se
ofrece por
las intenciones de

Por la señal
de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, y del Hijo,
y del Espíritu Santo.
AMÉN.

Señor mío, Jesucristo,
Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío;
por ser Vos quien sois, Bondad infinita,
y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido; también me pesa porque podéis castigarme con las penas del infierno. Ayudado de vuestra divina gracia, propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia
que me fuera impuesta. AMÉN.

ORACIÓN AL ETERNO PADRE
Os bendecimos, ¡oh Dios omnipotente,
infinito y perfectísimo!, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo. Postrados con reverencia y humildad en vuestra augusta presencia, os adoramos reconociendo y confesando vuestra suprema dignidad y el universal dominio y absoluto señorío que tenéis sobre todas las cosas como Hacedor de ellas, y principalmente sobre los hombres, a quienes habéis dado luz para conoceros, corazón para amaros y el don soberano de la gracia para alcanzar vuestro conocimiento y vuestro amor.
Os damos gracias, Señor y Dios nuestro, por
el gran amor con que nos habéis dado el ser y la vida y cuanto somos; y muy principalmente, por el infinito amor con que nos dísteis a vuestro Hijo Unigénito, Verbo eterno, engendrado antes de todos los siglos, para que tomando carne en las entrañas de la Virgen Purísima, nos enseñara con voz de hombre la sabiduría de Dios, y muriendo en una cruz, nos librara de la esclavitud del pecado y de la muerte eterna, abriéndonos el camino del cielo.

No nos dejéis, Señor, de vuestra mano, para
que permaneciendo siempre en vuestra gracia y en vuestro amor, seamos participantes de los frutos de redención y salvación, que nuestro Señor Jesucristo nos mereció con su pasión cruelísima y su muerte en
la Cruz. AMÉN

REFLEXIÓN APRECIO Y ESTIMA DE LA
MISERICORDIA DE DIOS
Es la misericordia una inclinación virtuosa del
corazón a socorrer la miseria ajena.
Esta noble inclinación puede nacer: o en el
que sufre igual miseria, y por eso sabe compadecerla y se inclina a remediarla; o en el que está libre de toda desgracia, y sólo por amor se acerca a la necesidad para enriquecerla y a la desgracia para curarla.
De esta última manera, que es más perfecta y
más alta, compadece el Señor a las criaturas que son capaces de felicidad.
Gran consuelo recibimos cuando, junto a nuestro corazón que gime, sentimos la pena de
otro corazón que nos compadece, cuando a

nuestras lágrimas se juntan otras lágrimas compasivas. Pero el verdadero consuelo y alivio viene a nuestras almas cuando una voluntad tierna y amorosa, libre de dolor, más alta que la desgracia, se inclina hacia nosotros y sacia nuestra inteligencia, disipa nuestra tristeza y nos da la felicidad.
Esta es la grande y providente misericordia, que Dios ha puesto como sello, en todas sus obras
respecto al hombre.
¡Oh!, cuánto aprecio debiéramos hacer de
esta misericordia altísima y poderosa de Dios, Nuestro Señor, que por sólo el impulso de su amor ha acudido a remediar nuestros males y corregir nuestros defectos.
Yo no existía, Señor, y Tú me diste el ser, y
después de dármelo me lo conservaste: no te conocía y Tú me llamaste, y después de llamarme, me diste luz para que te conociera, y amor para que

te amara.
Yo ingrato, Señor, te ofendí y caí en el más
grande mal que es el pecado, y Tú me perdonaste: impotente para volver a Ti, me diste tu gracia para arrepentirme, y me salvaste. E hiciste más, Señor, me ofreciste galardón por ese conocimiento, por ese amor, por esa gracia, por ese arrepentimiento, que viniendo de Ti quisiste que fueran míos, para premiar en mí méritos, que son solamente tuyos.
Oh sublime misterio de la misericordia de Dios, ¡Cuántas claridades y consuelos traes a
nuestra alma!.
Seamos misericordiosos con nuestros
hermanos, como nuestro Padre celestial es misericordioso con nosotros. Y si alguna vez hemos ofendido u olvidado esa infinita caridad y misericordia de Dios, sea herido nuestro corazón de pena, llegue hasta la altura el grito de nuestra alma clamando perdón; y digamos ahora con íntimo dolor y arrepentimiento, delante de Jesús crucificado, el

siguiente acto de contrición:

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido. Ni me mueve el infierno tan temido, para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido. Muéveme el ver tu cuerpo tan herido, muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor y en tal manera que aunque no hubiera cielo yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero, te quisiera.

Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu Reino; hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como nosotros
perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. AMÉN.
Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las
mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. AMÉN.
Gloria al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. AMÉN.
Hermanos:

Hagamos la súplica particular por la gracia que nos sea más necesaria.

ORACIÓN
Señor mío Jesucristo, dulce Redentor de
mi alma, que te hiciste obediente hasta la muerte; y atento a la gran misericordia del Padre por los infelices hijos de Adán, te ofreciste a venir nosotros y sufrir por nuestros pecados, para redimirnos de nuestras culpas y miserias y darnos la libertad de hijos de Dios.
Concédeme, Señor, un verdadero amor a
la Cruz en que Tú padeciste; para que, mirando a ella, soporte con resignación y conformidad los dolores y penalidades de esta vida, y logre con mis sufrimientos y mis penas la expiación de mis pecados y ser contado entre los elegidos
por toda la eternidad. AMÉN.

ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN
¡Oh Virgen María!, ¡criatura la más
inocente del mundo y la más cargada de amarguras y angustias! ; que en el momento del mayor dolor, al pie de la Cruz, donde moría tu Hijo, fuiste constituida Madre de los pecadores.
Con la confianza de hijos acudimos a Ti,
para decirte que detestamos nuestros pecados, que fueron la causa de la pasión de tu Hijo y de la compasión tuya. No queremos más ofenderlo ni ofenderte. Míranos, Señora angustiadísima, con ojos de misericordia, ayúdanos a conseguir una vida santa y una muerte tranquila en la paz y gracia de nuestro Señor Jesucristo, para gozar

de vuestra compañía en el cielo por los siglos de los siglos. AMÉN.